UNA POÉTICA DEL ESTAR. PEQUEÑAS ARQUITECTURAS DE LO SENSIBLE
Por Antonio Sánchez. Director y curador de 1819 art gallery
No es la silla lo que aquí importa. Ni el objeto doméstico, ni su función, ni siquiera su iconografía. Lo que se despliega en esta serie escultórica no es una recolección de mobiliario intervenido, sino un sistema de pensamiento encarnado. Un conjunto de entidades poéticas que interrogan nuestra relación con el tiempo, la fragilidad, la memoria, la materialidad. Obras que no están hechas para sentarse, sino para sostener la pregunta: ¿dónde se aloja el cuerpo cuando ya no se le da lugar?
Esta curaduría propone una arqueología sensible del gesto de estar. Cada pieza actúa como umbral: entre lo funcional y lo simbólico, entre lo doméstico y lo político, entre el cuerpo y la memoria. La silla, arquetipo del habitar moderno, aparece aquí desplazada de su sentido utilitario, para convertirse en campo de inscripción afectiva. No se trata de reconvertir lo útil en lo artístico, sino de volver permeable la frontera entre lo que se usa y lo que se recuerda. Lo que se rompe y lo que se cuida.
Hay una voluntad ética en estos trabajos: la de no anular la historia de los objetos. No borrar los rastros del tiempo ni esconder las imperfecciones del desgaste. Las estructuras que sostienen estas piezas han sido restauradas con rigor, pero no con afán de devolución a su estado original. Por el contrario, la restauración aquí es un gesto de escucha, de reparación amorosa, de reconocimiento de una biografía material. Las marcas del uso, las rugosidades, las grietas y los dobleces son preservados no como cicatrices, sino como signos de una vitalidad persistente.
La intervención sobre cada silla no es una modificación superficial. Es una transformación ontológica. El uso del vidrio, con sus matices translúcidos, su opacidad táctil, su fragilidad controlada, actúa como médium entre lo visible y lo intuido. El arenado, los fusing, los cordones y tejidos, no funcionan como ornamento ni alegoría. Son, más bien, operaciones plásticas que reconfiguran el estatuto del objeto: lo que era asiento se convierte en piel, lo que era respaldo se vuelve espejo, lo que era soporte deviene lenguaje.
Esta exposición no se narra a través de una secuencia de piezas, sino mediante una ecología de intensidades. Cada obra, en su singularidad técnica y poética, se inscribe en una constelación más amplia donde lo escultórico se encuentra con lo biográfico. Lo afectivo se enreda con lo técnico. Lo visual con lo táctil. En este sentido, la propuesta curatorial rehúye la linealidad y propone una deriva, una caminata atenta, por un territorio donde la lógica del objeto funcional ha sido sustituida por la lógica de la evocación. No hay inicio ni cierre: hay campos vibratorios, espacios abiertos, zonas porosas.
Desde una lectura afectiva, estas piezas no se contemplan: se experimentan corporalmente. Producen cercanía. Invitan a rodearlas, a inclinarnos, a aproximarnos a sus superficies. Algunas parecen requerir que las toquemos, que las giremos, que las sostengamos a contraluz. La presencia del espectador no es externa, sino implícita. El cuerpo que ya no puede sentarse es, paradójicamente, convocado a estar más presente que nunca. A habitar el vacío que antes ocupaba.
En esta práctica, el proceso importa tanto como el resultado. Hay una dimensión artesanal que no es decorativa, sino crítica. La elección de materiales, reciclados, encontrados, restaurados, apunta a una ética de la sostenibilidad conceptual y emocional. Nada es neutral. El vidrio no es solo vidrio: es archivo líquido de temperatura, tensión, corte y tiempo. La madera restaurada no es solo soporte: es vestigio, es historia, es testigo. La tela, el hilo, el encaje: todo está cargado de memoria corporal.
Lo que estas obras plantean, en última instancia, es una poética del estar. Estar como forma política. Estar como forma estética. Estar como resistencia. En tiempos de velocidad, saturación visual y utilitarismo radical, la decisión de dedicar horas a restaurar una silla, a fusionar vidrio durante días en horno lento, a coser, a pulir, a dejar secar, es un gesto contracultural. Estas sillas piensan. No porque representen pensamientos, sino porque son pensamiento encarnado en materia.
Este trabajo se sitúa en el linaje de una curaduría que piensa desde los márgenes: desde la vida cotidiana, desde lo que no suele tener protagonismo en los grandes relatos del arte. Sillas humildes, escolares, de comedor o de infancia, se convierten en sujeto de una reflexión sobre el habitar, el paso del tiempo, la ternura y la vulnerabilidad compartida. No son monumentos, son microgeografías del recuerdo.
Y sin embargo, hay también en estas piezas una dimensión lúdica, una apertura al juego, al imaginario, a lo fantástico. Algunas parecen salidas de un cuento, de un teatro de objetos. Son frágiles, sí, pero también potentes. Pequeñas arquitecturas de lo sensible que nos invitan a reconfigurar nuestras maneras de mirar, de tocar, de estar con las cosas. Nos enseñan que habitar no es solo ocupar un espacio, sino resonar con él.
En este campo expandido de lo escultórico, donde la silla ya no sirve para sentarse, sino para pensar, recordar y afectar, el arte se vuelve lugar. Lugar de atención. Lugar de resonancia. Lugar de estar, incluso, y especialmente, cuando ya no hay lugar.
![LOGO 1819 [ png ] -04](https://1819art.b-cdn.net/wp-content/uploads/2024/10/LOGO-1819-png-04.png)

![LOGO 1819 [ png ]-02](https://1819art.b-cdn.net/wp-content/uploads/2024/10/LOGO-1819-png-02-1024x1024.png)