LOGO 1819 [ png ]-02

Artista: JOSÉ MARTÍNEZ VEREA

Obras de JOSÉ MARTÍNEZ VEREA

TEATROS DE LA HERIDA.

ESCENIFICACIÓN, MEMORIA Y MÁSCARA EN LA OBRA FOTOGRÁFICA DE JOSÉ MARTÍNEZ VEREA

Por Antonio Sánchez. Director y curador de 1819 art gallery

Hay imágenes que no buscan ser comprendidas, sino habitadas. Fotogramas que no ilustran una historia, sino que la convocan. El trabajo de José Martínez Verea no se inserta en la tradición documental ni en la estética del artificio, sino en una zona espectral donde el cuerpo, la escenografía y el gesto se entretejen para abrir una herida compartida. Estas fotografías no explican, no denuncian, no concluyen. Son escenas suspendidas donde lo real y lo ritual colisionan, exigiendo al espectador una forma de presencia distinta: afectiva, implicada, desobediente.

La imagen, en este corpus, no es ventana ni espejo: es máscara. Pero no en su sentido de ocultamiento, sino como dispositivo ontológico que revela lo que el rostro no puede sostener. En ese sentido, el trabajo de Martínez Verea prolonga una genealogía barroca, pero no ornamental, en la que la teatralidad no es exceso sino método. Hay algo de retablo popular, de altar profano, de escena detenida en el umbral entre lo sagrado y lo trivial. Pero también hay, sobre todo, una afirmación política del artificio: todo está dispuesto, montado, iluminado… y sin embargo, duele.

Este cuerpo de obra se inscribe en una curaduría afectiva y somática que piensa el cuerpo no como objeto de representación, sino como archivo vivo. Los cuerpos que aparecen no posan; se encarnan. No buscan identidad, sino lugar: una geografía para la fuga, para la sobrevida, para el deseo. Cada escena deviene coreografía interrumpida, fragmento litúrgico, escenografía del duelo o del juego. Son cuerpos atados a lo teatral pero desbordados por lo real: maquillados, adornados, cubiertos o desnudados, se sitúan en un limbo entre lo monstruoso y lo tierno, entre el gesto y la ruina.

La fotografía, en este contexto, no captura, sino invoca. Se despliega como un lenguaje del entre, del suspenso, del intersticio. Hay aquí una voluntad de construir relatos sin relato, donde la narrativa se diluye en capas de simbolismo visual, en signos híbridos, en referencias que no se dejan atrapar. Más que comunicar, estas imágenes abren una zona para lo que Jacques Rancière llamó “la redistribución de lo sensible”: aquello que puede ser dicho, visto, sentido o imaginado. En este caso, desde una estética mestiza, visceral, de lo impuro, que rechaza la transparencia de lo documental y la limpieza del espectáculo.

Podríamos pensar este proyecto como un archivo de teatralidades menores. Un museo vivo de gestos desplazados. Una procesión de presencias que ya no caben en las categorías canónicas del arte ni en los discursos oficialistas de la representación. El trabajo de Martínez Verea se alinea con una corriente crítica que desconfía del archivo colonial de la mirada, y propone en cambio una visualidad encarnada, afectiva y comunitaria. En cada imagen, lo simbólico no está subordinado a una clave interpretativa, sino abierto como una herida compartida.

Desde esta óptica, las imágenes funcionan como tecnopoéticas del cuerpo: son ensamblajes de carne, ornamento, historia, teatralidad, textil, dolor y deseo. El cuerpo fotografiado no es un sujeto identitario, sino una interfaz ritualdonde se actualizan memorias colectivas, ficciones personales y afecciones políticas. Esta dimensión de la obra la vincula con los estudios contemporáneos sobre performatividad y archivo afectivo (Ahmed, Muñoz, Taylor), así como con los ejercicios descoloniales de reconfiguración de la imagen como zona de resistencia.

No hay aquí nostalgia, ni esencialismo. Hay una voluntad estética de hacer visibles las capas superpuestas de una sensibilidad latinoamericana contemporánea, donde la espiritualidad popular, el travestismo visual, la violencia normalizada y los restos del espectáculo colonial conviven en una tensión no resuelta. El barroco, como herencia mestiza, reaparece no como estilo, sino como gramática del exceso y del trauma, como lengua híbrida para hablar lo innombrable. Y en ese registro, estas imágenes no solo remiten a lo mexicano, sino que se conectan con una sensibilidad transfronteriza, fragmentaria, queer, bastarda.

La exposición se propone como una arquitectura para el desvío. Un espacio donde el espectador ya no es un observador pasivo, sino un cuerpo convocado. La mirada no se dirige; se extravía. El montaje no organiza las obras en una narrativa unitaria, sino que las deja resonar como ecos de rituales inconclusos. En esta curaduría no hay una progresión ni un clímax, sino una apertura a la deriva: el recorrido es somático, afectivo, rizomático (sin decirlo). Cada imagen es un punto de fuga, un espejo empañado, un altar descompuesto.

Este proyecto exige una ética de la mirada. No basta con mirar: hay que sostener lo que se ve. La fotografía aquí no ofrece respuestas, sino umbrales. En un presente saturado de imágenes veloces y descartables, estas obras nos obligan a detenernos, a quedarnos en la incomodidad, en lo no resuelto, en lo que aún duele. Y es ahí donde radica su potencia política: no en ilustrar un problema, sino en abrir un espacio para sentirlo colectivamente.

Tal vez por eso estas imágenes no se ofrecen como verdad, sino como pregunta. Una pregunta sin signo de interrogación. Una pregunta que no exige respuesta, sino compañía.