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Artista: MONICA MIRANDA

Obras de MONICA MIRANDA

EL CUERPO COMO CONSTELACIÓN: MEMORIAS DE LO INEFABLE

Por Antonio Sánchez. Director y curador de 1819 art gallery

En una época saturada de imágenes exactas, donde la representación visual se ha visto colonizada por la lógica de la transparencia, la nitidez y el control, esta colección pictórica irrumpe como una fisura. Lo que aquí se despliega no es una narrativa lineal ni una serie de figuras que buscan ser identificadas; es un mapa sensible de vibraciones encarnadas, un cuerpo extendido que se despliega más allá de la forma y del lenguaje.

Cada obra, desde la materia que la compone hasta las ausencias que la recorren, apela a un tipo de percepción no discursiva: aquella que opera desde el cuerpo, la intuición y la memoria afectiva. Lejos de reproducir cuerpos, estas pinturas los invocan; cuerpos que no son ni femeninos ni masculinos, ni humanos ni divinos, sino presencias que habitan la frontera entre lo visible y lo latente. Son cuerpos que recuerdan, cuerpos que se desvanecen, cuerpos que se reconfiguran en su tránsito hacia una nueva forma de ser materia.

La colección entera puede leerse como una constelación. No porque las obras estén unidas por un tema común, sino porque cada pieza actúa como un nodo afectivo, como un centro gravitacional que emite su propio campo energético y a la vez se vincula con los demás en una danza de intensidades. El recorrido propuesto no es cronológico ni jerárquico: es sensorial, abierto, mutable. En este gesto curatorial subyace la idea de una estructura no lineal, donde el espectador no interpreta, sino que se deja afectar, se deja tocar por aquello que la pintura guarda como eco.

Las texturas densas, los empastes terrosos, los pigmentos metálicos y los trazos difusos invocan el imaginario alquímico, en el que lo espiritual y lo material no son opuestos, sino estados de un mismo proceso. Hay oro, grietas, veladuras. Hay rostros que emergen como espíritus antiguos, cuerpos hechos de pájaros o envueltos en niebla, seres envueltos en órbitas, relojes y espirales como si el tiempo se replegara sobre la carne. Cada obra parece contener un pequeño ritual, una aparición que no se fija, sino que vibra, como un mantra visual.

Este imaginario remite, aunque de forma intuitiva y no programática, a la tradición del arte espiritual del siglo XX. Nombres como Hilma af Klint, Emma Kunz, Agnes Pelton o Remedios Varo resuenan en la manera en que lo simbólico no se impone, sino que se sugiere; en cómo lo esotérico se cuela entre las capas, no como mensaje críptico sino como posibilidad de expansión de la percepción. Sin embargo, lo que hace radical a esta serie no es su relación con esa genealogía, sino su capacidad para desplazar el centro: el cuerpo no aparece aquí como objeto a representar, sino como medio a través del cual el mundo se codifica.

En sintonía con las prácticas contemporáneas que entienden la curaduría como un dispositivo epistemológico, esta propuesta se concibe como un ejercicio de pensamiento encarnado. Cada obra no solo muestra: produce conocimiento, produce afectos, produce desplazamientos. La curaduría se convierte así en una herramienta que escucha, que acompaña, que propicia el encuentro entre la obra, el espectador y sus memorias corporales.

Tomando como base las ideas de Donna Haraway y Boaventura de Sousa Santos, entendemos esta exposición como una ecología de saberes: un espacio donde lo racional convive con lo intuitivo, donde la experiencia individual se abre a dimensiones colectivas. Aquí, la pintura no busca ilustrar un concepto, sino alojar múltiples sentidos que solo emergen en el cuerpo de quien mira. La obra no se cierra: se abre como un campo de resonancia.

A nivel material, la serie también trabaja con una temporalidad expandida. Las grietas, capas y texturas invocan una erosión pausada, una historia sedimentada en la superficie de cada lienzo. No es pintura rápida ni de impacto: es pintura procesual, casi geológica, que requiere tiempo, quietud, respiración. Y en esa lentitud se produce algo profundamente político: una resistencia al ritmo acelerado de la visualidad contemporánea, una defensa de lo íntimo, de lo no espectacular.

En ciertas obras, las figuras están hechas de vacío, o apenas delineadas. En otras, parecen fusionarse con el fondo, como si fueran parte del paisaje o del universo. Esta ambigüedad es deliberada: el yo no está definido, no es un sujeto estable. Es una figura en tránsito, una identidad en expansión, un cuerpo sin órganos, como propondrían Deleuze y Guattari, que se rehace en cada trazo, en cada fragmento de luz.

La pintura se vuelve así una forma de espiritualidad laica, un gesto que no busca trascender el mundo sino habitarlo con más profundidad. Una práctica de atención radical, de contemplación activa. Una forma de decir sin palabras: “aquí hay algo que no se puede nombrar, pero que insiste”.

Esta colección es, finalmente, un archivo de lo inefable. Un espacio donde los cuerpos son constelaciones, las emociones son atmósferas, y la materia se convierte en lenguaje. Es una invitación a mirar con el cuerpo, a pensar con la piel, a sentir con el tiempo suspendido. Una propuesta visual que no se impone, sino que pulsa. Que no explica, sino que canta.